El auto negro se detuvo frente a la mansión Campbell horas más tarde. La fachada imponente, bañada por la luz de los faroles, parecía más fría que nunca. Ryan bajó primero, rodeó el vehículo y abrió la puerta para que Julie y Samuel descendieran. El pequeño se aferraba al cuello de su madre, observando con ojos grandes y curiosos todo a su alrededor.
Apenas pusieron un pie en el vestíbulo, la voz grave y cargada de rabia de su padre retumbó en el aire.
—¿Se te ha metido un demonio en la cabeza