El cuerpo de Alisson temblaba contra el de Christopher, como si temiera que al soltarlo desapareciera de nuevo. El olor de él, la aspereza de su barba larga contra su piel, todo era real. Sus manos se aferraban a su camisa blanca empapada de sudor y polvo, mientras las lágrimas se desbordaban sin control, manchando la tela con una desesperación que llevaba treinta y un días acumulada.
—¿Dónde estuviste? —susurró entre sollozos, con los labios pegados a su cuello, la voz apenas un hilo que temblaba entre el alivio y la furia.
No alcanzó a terminar la pregunta.
Un estruendo de pasos interrumpió la escena. Las voces de sus hijos irrumpieron en el jardín con la fuerza de un huracán.
—¡Papá! —gritó Mía, su pequeña voz quebrada por el llanto.
Emma corría tras ella, con las trenzas sueltas y el rostro enrojecido, extendiendo sus brazos hacia él. Mateo los seguía, con los ojos rojos de tanto llorar, y Nathan avanzaba con todas sus fuerzas, tropezando entre las piedras del camino. Los cuatro s