31 días después.
El jardín de la mansión estaba cubierto por un sol tibio de mediodía. Las flores recién regadas desprendían un aroma suave que flotaba en el aire, y en medio de ese escenario, Alisson caminaba despacio, con las manos sobre su vientre. Sus dedos se posaban allí con una mezcla de ternura y dolor. Cada caricia era un ancla, un intento desesperado de sentirse completa, aunque por dentro se consumía por la ausencia.
Christopher llevaba un mes desaparecido. Treinta y un días exactos. Y sin embargo, dentro de ella, algo latía con fuerza: no estaba muerto. Lo sabía. Lo sentía en lo más profundo de su alma, como si un hilo invisible siguiera uniéndolos.
Un suspiro se le escapó, pesado, y dejó que sus ojos se cerraran por un instante. Caminó hacia una de las mesas que quedaban cerca de la piscina y se sentó. El viento le movió un mechón del rostro, y la punzada de vacío le golpeó de nuevo. ¿Dónde estás, Chris? ¿Por qué si estás vivo no me has llamado? ¿Que ha sido tan grave com