Austin temblaba. Las arrugas de su rostro, marcadas por los años y la culpa, parecían más hondas que nunca. Sus ojos azules, que alguna vez fueron duros como el hielo, ahora estaban llenos de lágrimas contenidas. El bastón en su mano se sacudía contra el suelo, incapaz de sostener todo el peso de su arrepentimiento.
—Michael… —murmuró, con la voz ronca, casi un suspiro—. Lo siento. Siento mucho lo que hice en el pasado. Siento el daño que causé. Yo…
—¡No te creo nada! —lo interrumpió Michael co