Michael estuvo apunto de romper la prueba ahí, en sus narices, pero se contuvo. No sabía porque, pero sentía que su sangre hervía y que la rabia amenazaba con ahogarlo.
—Me haré cargo de mi hijo, pero no de ti —dijo con decisión.
—¿Qué? Yo soy su madre y es tu deber…
—No, no es mi deber. Mi deber es cuidar del niño. No de tí —habló Michael con decisión, dándose la vuelta y saliendo de ahí con furia.
Cuando entró a su camioneta, golpeó el volante con fuerza.
—¡Maldición! —exclamó furioso.
¿Aho