Gabo se resistió, incómodo con la frivolidad, con la esperanza que ese gesto infantil implicaba. Pero ante la expectación sincera en los ojos de Ana, que brillaban con el reflejo de la Vía Láctea, cedió. Cerró los ojos un instante, sus párpados oscuros contra la piel morena. Un segundo nada más. Luego los abrió.
—Ya.
—¿Qué pediste? —preguntó ella, curiosa.
—Si lo digo, no se cumple —respondió él, y esta vez un atisbo de algo que podía ser una sonrisa asomó a sus labios.
—Tienes razón. —Ana tomó