El regreso en el bus fue distinto. El mismo vehículo que horas antes había sido una cárcel rodante de secretos y miedo, ahora resonaba con una algarabía que parecía querer despegar el techo. El trofeo «Aurora», enorme y brillante, viajaba en el regazo de Lena, que no se cansaba de pasar un dedo sobre la placa donde estaban grabados sus nombres. Los mil quinientos dólares del premio, una fortuna para ellos, estaban seguros en el bolso de Ana, destinados a financiar el taller de baile y ayudar co