TRES AÑOS DESPUÉS
El aire cálido de la tarde se mezclaba con el aroma de los árboles que rodeaban la entrada de la mansión Santillán. Ariana bajó del auto con una elegancia natural, casi sutil.
Habían pasado tres años, pero su belleza no solo permanecía intacta, sino que había madurado, fortalecido, como si cada golpe de la vida la hubiera pulido en lugar de quebrarla.
Llevaba un conjunto beige que delineaba su figura esbelta; su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros y, cuando alzó la mirada hacia la mansión su casa una nostalgia inmediata le oprimió el pecho.
Ahí había crecido. Ahí había reído, llorado, amado. Ahí había soñado. Y ahora… regresaba convertida en una mujer completamente distinta.
Flor bajó del auto detrás de ella, con dos pequeños que apenas podían contener su energía. Uno de ellos, de ojos grandes y cabello oscuro, corrió hacia su madre con los bracitos extendidos.
—¡Mami! —gritó Alex, con esa voz dulce que siempre conseguía derrumbar cualquier preocupación