Maximiliano se quedó completamente inmóvil.
El aire pareció volverse espeso en la oficina presidencial mientras la miraba fijamente, como si su cerebro se negara a aceptar lo que estaba viendo. Esa mujer. La misma del semáforo. La que lo había insultado, empapado, pateado… y huido.
—No… —murmuró entre dientes—. Esto tiene que ser una broma.
Elizabeth mantuvo la compostura, aunque por dentro el corazón le golpeaba con fuerza. Alzó el mentón con elegancia, sosteniéndole la mirada sin miedo.
—Créa