20 años después
Maximiliano golpeó el volante con la palma de la mano.
—¡Maldita sea! —escupió entre dientes.
El tráfico avanzaba lento, la ciudad parecía conspirar contra él, y su paciencia ya colgaba de un hilo. Aceleró sin pensar, absorto en la rabia que le quemaba el pecho, sin notar el semáforo que acababa de cambiar a rojo.
Fue un segundo.
Levantó la vista y el mundo se le vino encima.
—¡Mierda!
Frenó en seco. Las llantas chillaron contra el asfalto y el auto se detuvo a centímetros de u