Mientras tanto, El club estaba casi vacío esa tarde. Las luces tenues dibujaban sombras sobre las mesas, y la música sonaba baja, suficiente para cubrir el murmullo de conversaciones y risas lejanas, pero sin ahogar la sensación de soledad que flotaba en el aire. Emma se apoyaba en la barra, cruzando los brazos y revisando su teléfono, aunque en realidad apenas prestaba atención a los mensajes. Observaba a los demás como quien estudia piezas de un tablero de ajedrez, evaluando sus movimientos, sus expresiones, la forma en que intentaban ocultar sus intenciones.
Siempre le había gustado controlar su entorno, anticipar los pasos de los demás. Y, sin darse cuenta, esa tarde se convirtió en su escenario perfecto.
La puerta del club se abrió con un golpe que resonó en la habitación silenciosa. William apareció, y la luz del exterior iluminó su figura apenas un segundo antes de que cerrara la puerta detrás de sí. La sonrisa que llevaba no era amistosa; era calculadora, como un depredador qu