La mansión presidencial se convirtió en un campo de batalla silencioso en cuestión de segundos.
Los periodistas, alertados por una filtración que nadie logró rastrear, irrumpieron como una marea imparable. Las cámaras se alzaron, los flashes explotaron, los micrófonos se estiraron hacia cualquier rostro conocido. El aire se volvió irrespirable, cargado de gritos, órdenes cruzadas y tensión.
—¡Guarden las armas! —ordenó Harry con voz autoritaria, al ver que la escena se salía completamente de co