La mansión presidencial se convirtió en un campo de batalla silencioso en cuestión de segundos.
Los periodistas, alertados por una filtración que nadie logró rastrear, irrumpieron como una marea imparable. Las cámaras se alzaron, los flashes explotaron, los micrófonos se estiraron hacia cualquier rostro conocido. El aire se volvió irrespirable, cargado de gritos, órdenes cruzadas y tensión.
—¡Guarden las armas! —ordenó Harry con voz autoritaria, al ver que la escena se salía completamente de control.
Los hombres de seguridad dudaron apenas un segundo antes de obedecer. No por respeto. Por miedo a lo que esas imágenes provocarían si salían al mundo.
Martin, sin embargo, no bajó el arma.
Leonardo mantenía a Olivia sujeta del brazo. No con brutalidad gratuita, sino con una fuerza contenida, peligrosa. Su mirada era una tormenta.
—Tú vienes conmigo —dijo, sin levantar la voz.
—¡No! —gritó Olivia, intentando soltarse—. ¡Harry, no dejes que haga esto!
Harry reaccionó tarde. Se lanzó hacia e