Emma dejó de besar a George con la misma calma con la que se apaga una vela con dos dedos.
Separó sus labios de los de él y, sin perder esa expresión felina que la caracterizaba, tomó el celular de la mesa de noche y lo metió en su bolso Louis Vuitton con un movimiento rápido, casi elegante.
George arqueó una ceja, recostado contra las almohadas, el cuerpo cubierto apenas por la sábana blanca.
—Ese celular es nuevo —murmuró, divertido, como quien observa un juguete desconocido.
Emma sonrió, ladeando la cabeza con sutileza.
—Digamos que… debemos cuidarnos —respondió con un tono ligero, como si hablara del clima y no de un asunto que podría implicar vidas enteras.
Caminó hacia el baño con el bolso en la mano. Sus caderas se movían como si desfilaran en un escenario, como si la noche entera perteneciera únicamente a ella. Cerró la puerta con seguro, encendió la luz y se miró unos segundos en el espejo.
Perfecta.
Ni una lágrima fuera de lugar, ni una emoción real asomándose. Solo la actr