Emma dejó de besar a George con la misma calma con la que se apaga una vela con dos dedos.
Separó sus labios de los de él y, sin perder esa expresión felina que la caracterizaba, tomó el celular de la mesa de noche y lo metió en su bolso Louis Vuitton con un movimiento rápido, casi elegante.
George arqueó una ceja, recostado contra las almohadas, el cuerpo cubierto apenas por la sábana blanca.
—Ese celular es nuevo —murmuró, divertido, como quien observa un juguete desconocido.
Emma sonrió, la