Leonardo sintió cómo la sangre se le congelaba y hervía al mismo tiempo. Su mandíbula se tensó tanto que un músculo le vibró a un lado del rostro. Salió del vehículo de un golpe, la puerta rebotó con tanta fuerza que Martin casi dio un salto.
—¿Señor? —preguntó Martin, siguiéndolo—. ¿A dónde va?
Leonardo se giró lentamente, con los ojos inflamados por una mezcla de rabia, miedo y agotamiento. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones rápidas, casi feroces.
—La muy desgraciada estaba ahora