Leonardo sintió cómo la sangre se le congelaba y hervía al mismo tiempo. Su mandíbula se tensó tanto que un músculo le vibró a un lado del rostro. Salió del vehículo de un golpe, la puerta rebotó con tanta fuerza que Martin casi dio un salto.
—¿Señor? —preguntó Martin, siguiéndolo—. ¿A dónde va?
Leonardo se giró lentamente, con los ojos inflamados por una mezcla de rabia, miedo y agotamiento. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones rápidas, casi feroces.
—La muy desgraciada estaba ahora aquí… —escupió entre dientes—. ¡Aquí! En el hospital. Viéndome la cara. Jugando conmigo.
Martin levantó las manos para calmarlo.
—Señor, ella se fue hace rato. Pero no se preocupe, yo… yo la mandé a seguir.
Leonardo se llevó ambas manos a la cabeza, apretando su cabello con los dedos. El aire salió de su pecho en un gruñido de desesperación, después su mano bajó, formó un puño y lo estampó contra el capó del auto con tanta fuerza que el metal se hundió.
Martin tragó saliva. Nadie había visto jam