Mónica subió las escaleras casi sin sentir los pies. Cada escalón le pesaba como si cargara una vida entera sobre los hombros.
Al llegar frente a la habitación, cerró la puerta con cuidado, apoyó la espalda en la madera y dejó que las lágrimas rodaran libres, silenciosas, dolorosas. No sollozó. No gritó. Solo dejó que el dolor la atravesara entera.
Ethan.
El nombre le quemaba la garganta.
Caminó hasta la cama con pasos lentos, intentando recomponerse, pero el temblor en sus manos la delataba.