El auto rugió como una bestia herida mientras se deslizaba entre las columnas del parqueadero.
Las llantas chillaron, dejando marcas negras en el cemento húmedo. William, con el brazo ensangrentado, alcanzó a agacharse justo cuando otro disparo de Martín reventó un faro trasero. Pero aun así, el vehículo aceleró hacia la rampa de salida.
Martín disparó dos veces más, apuntando a las llantas traseras. El primer tiro chocó contra el borde metálico de la defensa. El segundo, sin embargo, entró co