Mientras tanto, en la casa presidencial Harry salió por la parte trasera de la casa presidencial cuando el cielo aún estaba oscuro, apenas faltaban unas horas para el amanecer.
No hubo discursos, no hubo despedidas. Solo el eco de sus propios pasos resonando en el pasillo exterior y el peso insoportable de una certeza que se negaba a aceptar: por primera vez desde que había llegado al poder, estaba huyendo.
No iba esperar a que llegaran a detenerlo. Nadie lo iba a ver derrotado, y mucho menos Leoanardo Moratti.
El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro cuando subió al vehículo que lo esperaba con el motor encendido. No miró atrás. No podía hacerlo. Porque si lo hacía, tendría que aceptar que el país que gobernaba estaba a punto de devorarlo vivo.
—Al aeropuerto —ordenó con voz dura.
El conductor no preguntó nada. Nadie lo hacía ya.
Durante el trayecto, Harry no dejó de mover la pierna, un tic nervioso que traicionaba la furia contenida bajo su máscara de control. Sacó el teléfo