Ella empujó a ese hombre, pero toda lucha era inútil.
—¡Tú eres mía, Marbella! He esperado tanto por ti, he hecho lo indecible por ti, por tenerte, ¿Por qué me pagas así? —exclamó
Marbella le escupió en la cara.
—¡Te odio, me das asco! Nunca te he amado, nunca te amaré, solo me das rabia, solo te odio con toda mi alma por arruinar mi felicidad, deseo tu muerte, solo eso me causas.
Los ojos de Bryce se quedaron perplejos, abiertos, tan grandes, sintiendo el dolor de esas palabras que para él