El fuego de la ambulancia iluminó la noche lluviosa con un resplandor anaranjado que parecía una pira funeraria. Lauren Moore, con la ropa hecha jirones y el rostro cubierto de barro y sangre, se arrastró hasta la densa vegetación del terraplén mientras una explosión sorda sacudía la tierra a sus espaldas. El calor le lamió los talones, pero no se detuvo. Miró hacia arriba, hacia la silueta del hombre del paraguas que la observaba desde el borde de la carretera, pero la oscuridad y la lluvia lo