El despacho de Silas Pierce olía a incienso y a papel viejo, un aroma que de repente se volvió asfixiante para Lauren. Sostenía las fotografías entre sus dedos temblorosos, sintiendo cómo el papel satinado le cortaba la piel y el alma. Las imágenes de Alexander y Rebecca en la cabaña, entregados a una pasión que parecía borrar cualquier rastro de la "niña del internado", eran una sentencia de muerte para sus últimas esperanzas.
Silas, apoyado en su bastón, disfrutaba del espectáculo de su desmo