El tribunal de justicia de la ciudad nunca había albergado una tensión tan eléctrica. El juicio contra Alexander Rosewood por el presunto asesinato de su esposa, Rebecca Moore, y el secuestro del heredero de la dinastía, no era solo un proceso legal; era el acto final de una tragedia que el público consumía con una morbosidad insaciable.
Lauren Moore caminaba hacia el estrado, sintiendo el peso de mil cámaras sobre su espalda. Vestía un traje de lana negro, austero, que contrastaba con la palid