El aire en la Plaza de los Olmos se volvió estático, cargado de una tensión que superaba la violencia física de los matones de Silas Pierce. Lauren, con la porra aún apretada en su mano y el cabello alborotado por el forcejeo, sostuvo la mirada de Alexander. Él estaba allí, impecable en su traje de tres mil dólares, como una aparición de un mundo al que ella ya no pertenecía.
—No necesito que me salves, Alexander —escupió ella, aunque su respiración era errática—. Ya hiciste suficiente dejándom