El olor a antiséptico y el pitido rítmico de los monitores eran la única música en la habitación 402. Lauren abrió los ojos lentamente, sintiendo que cada pestaña pesaba una tonelada. La luz blanca del hospital hería sus pupilas, pero el dolor punzante en su costado le recordó de inmediato dónde estaba. El muelle. El disparo. La mirada de Alexander.
Intentó moverse, pero una mano firme y cálida presionó su hombro sano, manteniéndola anclada a la cama.
—No te muevas —la voz de Alexander era un s