—No me hagas daño —lloriqueé—. Te juro que no tuve nada que ver.
—¡Abre la maldita puerta!
Los golpes en la puerta sonaban duros, pero no tenía ni un rasguño.
—¿Qué haces con Anuar?
Una patada golpeó la puerta, esta crujió y un pedazo de madera saltó. En poco tiempo entrarían.
—Es mi esposo, no sé de qué hablas.
—Es lo que se dice —sus ojos claros me miraron, analizando—. Pero no, él sería incapaz, ¿por qué contigo?
—Por favor déjame en paz.
Acorralada contra la pared, no tenía mucha oportunida