—¿Qué te dijo? —cerró el grifo—. No te atrevas a mentirme, Eloísa, ¿qué te dijo?
Abrí la boca tratando de contestar, pero las palabras murieron en mi garganta. Por eso dijo que no podía amarme nunca, para ya había amado y había perdido.
Se acercó en dos zancadas, pero no fue amenazante, más bien suplicante.
—¿Qué te dijo?
El dolor en sus palabras incluso me rompió el corazón. Cuando al fin junté el valor necesario para mirarlo a la cara, no vi enojo, ira, desdén; era un profundo tormento.
No er