Cuando Anya abrió los ojos, observó a Emerson sentado sobre la cama, dormido, en una posición incómoda.
Los recuerdos vinieron a ella, se alejó al sentir el reproche ardiendo en su sangre.
ÈL abrió los ojos de inmediato.
—Anya…
—¿Qué quieres? —exclamó ella con rabia—. ¿Volverás a encerrarme como si fuera prisionera o tu mascota?
Él hundió la mirada.
—Lo siento, no sé por qué lo hice, me volví loco, no debiste salir por el balcón, ¡Dios mío! Casi mueres.
—Entre tú y yo, Emerson Carrigan, h