Cuando la mujer quiso dar otra bofetada, este le sostuvo la mano con tal fuerza que la hizo chillar.
—¡Suéltame!
—Cállate, muñequita, necesito dinero, mucho dinero, solo tú puedes detener a Emerson, quiere liquidar la empresa de mis padres, mi viejo está muy enfermo, morirá si Emerson lo hace.
—¿Y a mí qué? Emerson no tuvo piedad conmigo, ¿Por qué la tendrá de ti? —exclamó ella.
El hombre pellizcó sus mejillas.
—¡Más te vale que me ayudes! Fui a ver a la perra de Anya, pero me insultó y la