90° Bajo el peso del enemigo.
El rugido del motor se volvió un grito desesperado.
El vehículo salió del estacionamiento como si estuviera huyendo del mismo infierno, rebotando contra los límites del control mientras el conductor forzaba cada cambio, cada giro, cada decisión. Detrás de ellos, los disparos no cesaban; eran como un eco constante que se negaba a morir. El vidrio trasero ya no era más que una telaraña agrietada, y cada impacto nuevo lo acercaba más al colapso definitivo.
— ¡Nos están alcanzando! — gritó Santia