Las luces del hospital me cegaban a ratos, parpadeando sobre mí como si fueran estrellas demasiado cercanas. El auto apenas se había detenido cuando los guardias y las enfermeras salieron corriendo hacia nosotros. Me sacaron en brazos, porque no podía caminar. El dolor era una ola gigantesca que me partía por dentro una y otra vez, dejándome sin aliento, sin fuerza… sin tiempo para pensar.
Pero algo dentro de mí, algo más profundo que el dolor, empezó a latir también. Un murmullo, una sensación