Volví a subir al auto con las manos temblorosas, como si ya no supiera cómo sostener el volante. El silencio dentro del vehículo era ensordecedor, y el camino de regreso a la mansión se hizo eterno. Las luces del anochecer teñían el cielo de un naranja apagado, pero yo no veía nada. Solo pensaba en ella… en Carolina.
Cada metro que recorría me alejaba más de ese instante donde aún podía alcanzarla, donde aún podía detenerla. Pero no lo hice. Me paralicé. La dejé ir. Y ahora... no sabía cómo viv