Entré en la mansión con el corazón latiendo tan rápido que sentía que iba a salirse de mi pecho. No quise mirar atrás. No podía. Si lo hacía, temía que mis piernas me fallaran, que me rindiera. Y no podía darme ese lujo.
Subí las escaleras corriendo, como si el dolor pudiera dejarse atrás si me movía lo suficientemente rápido. Mis pasos resonaban en las paredes silenciosas como un eco de mi propia desesperación. Fue entonces cuando la vi.
Amanda.
Estaba bajando los escalones con su elegancia ha