Cuando los faros del auto de Axel iluminaron la entrada de la mansión, Tatiana ya lo esperaba en el vestíbulo. Sostenía el sobre manila entre sus dedos perfectamente cuidados, con una calma estudiada que ocultaba la tormenta dentro de ella.
La puerta se abrió con un clic suave y Axel entró, su expresión impenetrable. Iba vestido con su habitual elegancia discreta: un abrigo oscuro sobre una camisa perfectamente planchada. Alto, atractivo y tan frío como el mármol que decoraba la mansión.
—Llega