Me quedé ahí. Sentada frente a la pantalla, con los correos abiertos como heridas recién hechas.
Tatiana. Ese nombre. Cada vez que lo leía, algo dentro de mí se estremecía, como si una parte dormida de mi mente intentara despertar.
Pero no lo lograba.
Sentía un dolor sordo en el pecho, uno que no tenía forma ni nombre, solo peso. Una presión constante, como si alguien estuviera sentado sobre mi pecho, impidiéndome respirar con libertad. No era solo celos. No era solo rabia. Era algo más profund