Habían pasado algunos días desde que volvimos a la mansión. Días en los que Axel no hizo otra cosa que tratarme como si fuera de cristal. Me ayudaba a caminar, me preparaba el té justo como me gustaba, cuidaba a Elija con una ternura casi mágica, y no dejaba que Diana se despegara de mí ni un segundo sin antes asegurarse de que yo estuviera bien.
Era dulce. Atento. Presente.
Cada noche, después de acostar a los niños, se sentaba a mi lado, me acariciaba el cabello y me hablaba de planes futuros