Enrique comenzaba a sudar a mares, estaba mareado y con náuseas, un intenso dolor de cabeza se apoderó de él, sentía que se iba a desmayar, solo buscaba una silla para sentarse, sintió los brazos delgados de Lucia tratando de sostenerlo.
—¿Qué pasó?
—Algo me picó, me duele.
—¡Ah! —gritó Lucia —, ha sido una serpiente ahí está.
—Debes llevarme a emergencias.
—No sé manejar.
—Sabes, claro que sabes, yo te diré, yo te guio, ahora, vamos…
—Vamos, sí, vamos —repitió nerviosa.
—Las llaves están en la