Habían pasado apenas unas horas desde que la familia de Cassian se fue. La atmósfera del ático aún olía a tensión, a palabras que habían estallado, a verdades que ya no podían recogerse del suelo.
Cassian estaba en la ducha. Yo me había sentado en la terraza, con una taza de té entre las manos. La vista de Boston iluminada era bella, pero yo no podía disfrutarla del todo. No todavía. Y entonces, el timbre volvió a sonar.
Me sobresalté. Por un segundo, pensé que él había olvidado algo. Que su pa