El vapor llenaba el baño. El agua corría, tibia, relajante, mientras yo me enjuagaba el cabello y Cassian me rodeaba por detrás, sin intención de lavarse realmente.
—¿Sabías que esta ducha no es lo suficientemente grande para dos personas si una de ellas insiste en estar pegada como una lapa? —pregunté, sonriendo mientras me giraba un poco.
—Lo sé —respondió con la voz aún rasposa, acariciándome el vientre con ambas manos—. Pero me rehúso a perder el contacto físico contigo antes del desayuno.