El viernes por la tarde, Alana irrumpió en mi oficina con su energía habitual y una carpeta llena de papeles que claramente no pensaba revisar.
—Necesito cafeína o cometeré un crimen laboral —declaró—. Y tú necesitas aire. Tu cara grita “¡rescatadme, mortales!”.
—¿Tan obvia soy?
—Como un cartel de neón —respondió—. Vamos. Te invito un flat white y un croissant si prometes no hablar de contratos en la primera media hora.
Acepté. Me hacía bien salir, aunque fuera por un rato. Caminamos dos cuadra