Cuando Alana se fue, Cassian volvió con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y los ojos llenos de una furia contenida que me hizo retroceder.
—¿Por qué no me dijiste que Günter estuvo en la cafetería? —me espetó, su voz cortante y cargada de reproche—. ¿Querías ocultarlo?
Me mantuve firme, aunque el nudo en el pecho crecía.
—No fue nada, Cassian. Solo me saludó. No fue relevante, por eso no te lo conté.
—¿No fue relevante? —repitió, incrédulo—. ¡Es Günter! ¿Y tú decides que no importa y me