Diana cerró la puerta de su habitación con cuidado, como si temiera que el sonido del pestillo delatara algo que todavía no se atrevía a nombrar.
Apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos. Su corazón latía con fuerza. Demasiado. No era miedo. Ya no. Era otra cosa.
Inspiró profundamente, pero el aire no logró calmarla. Jeremy seguía allí, invisible pero dominante, como si hubiera dejado una marca en el ambiente, en su piel, en su pulso acelerado.
Se llevó una mano al pecho.
—Tranqui