El despacho de Jeremy Ambrosetti permanecía en silencio un silencio profundo, elegante, casi imponente, como todo lo que llevaba su nombre, las paredes revestidas en madera oscura, los ventanales amplios dejando entrar la luz grisácea de la mañana inglesa, y en el centro, la gran pantalla encendida que no dejaba de mostrar cifras que parecían sangrar en rojo. Diana estaba sentada en la silla principal. La silla de Jeremy. Sus manos reposaban sobre el escritorio, pero su mirada estaba fija en la