El sonido del motor del Lamborghini murió lentamente cuando Jeremy lo estacionó frente a la villa. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. El silencio no era vacío. Era pesado. Denso.
Vivo. Diana mantenía las manos sobre su regazo, pero sus dedos estaban entrelazados con fuerza, como si necesitara contener algo que intentaba escapar de su interior. Jeremy la observaba. Sin disimulo. Sin vergüenza. Sin permiso. Ella lo sintió y después del beso el ambiente se había vuelto más tenso.