El sonido de la puerta al cerrarse detrás de él fue seco.
Definitivo.
Jeremy Ambrosetti no se detuvo en el pasillo. Sus pasos eran firmes, medidos, como si el intercambio con su madre no hubiera sido más que un asunto trivial. Pero la tensión todavía habitaba en sus hombros, en la rigidez de su mandíbula, en el silencio que lo rodeaba como una segunda piel.
Entró en su habitación.
El espacio lo recibió con su habitual solemnidad. Oscuro. Ordenado. Impecable. Nada fuera de lugar. Nada fuera