El Lamborghini Aventador avanzaba con la elegancia silenciosa de un depredador entre el tráfico de la gran ciudad. Los rascacielos comenzaban a encender sus luces, las avenidas se teñían de neón y reflejos, y el vidrio del auto capturaba destellos dorados y rojos que parecían bailar sobre el rostro de Jeremy.
Diana lo observaba de reojo.
Había algo hipnótico en la manera en que conducía.
Una seguridad absoluta.
Una calma dominante.
Las manos firmes sobre el volante, los hombros rectos, el