La mañana en la residencia Ambrosetti amaneció luminosa. El sol se filtraba por los grandes ventanales del comedor, bañando la mesa con una luz cálida y casi engañosa. Todo parecía tranquilo, perfecto, pero bajo esa calma, se escondían demasiadas cosas.
Margrot ya estaba sentada en la mesa.
Su postura era recta. Cuidada. Elegante.
Vestía con delicadeza, como si cada detalle de su apariencia tuviera un propósito claro: agradar. Convencer. Su mirada se dirigía ocasionalmente hacia la entrada.