El restaurante despertaba con una calma medida, casi aristocrática.
No era un lugar ruidoso ni pretencioso. Estaba escondido en una calle discreta del centro de Londres, uno de esos sitios que no necesitaban publicidad porque solo acudían quienes sabían exactamente lo que buscaban. Madera oscura, ventanales amplios, luz natural filtrándose con suavidad, y un silencio respetuoso que parecía diseñado para conversaciones importantes.
Jeremy Ambrosetti eligió ese lugar sin consultarlo.
Como todo en