La villa dormía. No era un sueño tranquilo, sino uno contenido, vigilante, como si las paredes mismas supieran que allí dentro nada era realmente pacífico. Las luces estaban apagadas, los pasillos en penumbra, y el silencio solo era interrumpido por el leve murmullo del viento colándose entre los jardines.
Diana no podía dormir.
Había intentado cerrar los ojos una y otra vez, pero las imágenes regresaban como oleadas: la mirada de Leopolda, el vaso de agua cayendo sobre su rostro, la firmeza