La noche había caído con una elegancia silenciosa sobre la villa Ambrosetti.
El jardín estaba sumido en una calma casi irreal, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración. La luz plateada de la luna se extendía sobre el césped perfectamente cuidado, sobre las esculturas blancas, sobre las flores que dormían bajo el frío suave de la madrugada londinense.
Jeremy Ambrosetti salió al exterior con pasos lentos.
No llevaba saco.
Solo una camisa blanca cuyos primeros botones estab