Margrot Stewart no era una mujer que improvisara.
Nunca lo había sido.
Desde pequeña había aprendido que el poder no se obtenía por accidente, sino por cálculo. Cada gesto, cada palabra, cada silencio tenía un propósito. Y esa noche, sentada en el salón privado de su apartamento en Knightsbridge, con una copa de vino intacta entre sus dedos, comprendió que había llegado el momento de actuar.
La llamada de Leopolda Ambrosetti no había sido una simple advertencia.
Había sido una orden.
Y Mar