No podía echarse atrás ahora.
La cuchara estaba a medio camino de sus labios cuando el teléfono de Gabriela vibró contra el mantel de la mesilla de noche. Bajó la mirada, frunciendo el ceño al ver el nombre en la pantalla: Juan.
—Disculpe, señor —le dijo a Rafael, con la suave dulzura de una cuidadora—. Contestaré rápidamente. Se dirigió a la puerta y salió al pasillo, cerrando la puerta tras de sí. La luz proyectaba su silueta contra la pared: una soldado con delantal.
Puso el volumen alto. La voz de Juan llenó el pequeño